REENCUENTRO
Soy enfermera; trabajo en uno de los hospitales de la seguridad social. A mis 32 años me encuentro en un tremendo, por no decir terrible dilema, ¿sería mejor decir crisis de conciencia? Dejo a los posibles lectores de este auténtico relato, la calificación; al mismo tiempo ruego a las que hayan tenido experiencias similares darme sus apreciables opiniones, opiniones que siempre agradeceré.
Una noche, relativamente tranquila, subieron a piso a una jovencita de 12 años, ingresada por Urgencias, sometida a intervención quirúrgica por apendicitis aguda. La juventud de la paciente y la oportuna intervención hacían al postoperatorio desarrollarse de manera normal. La colocamos en una de las tres camas del solario; además de ella, había otro jovencito; según el expediente sería dado de alta a la mañana siguiente. Esa noche vigilé la aplicación oportuna de los medicamentos y atendí los reclamos de la joven para desalojar la orina; no hubo necesidad de más cuidados. Los parientes de la niña, su mamá, no podían estar por las reglas del hospital.
Un mes después de cumplir mis quince años, mareada por lo que pensé era el amor, me casé con un joven de mi pueblo. La vida matrimonial no se diferencia de muchas de las mujeres del mundo, por eso no entraré en detalles en este sentido. Solamente diré: la noche de la boda, perdí la virginidad y gané el embarazo. El embarazo transcurrió sin problemas, y de él nació una preciosa niña. Una noche, luego de dormir a mi pequeña, yo misma me acosté, y dormí tranquilamente. Me sorprendió no escuchar a la niña llorar para pedir alimento en la madrugada, me levanté; cuál no sería mi sorpresa, ¡la niña, mi hija, no estaba en la cuna! La casa era chica, buscarla fue cuestión de segundos, obvio, no estaba por ningún lado. En ese mismo momento, abrumada, bastante consternada por la misteriosa desaparición, no pensé en la ausencia de mi marido. Sin embargo, no fue difícil comprender, él se había llevado a la niña. Desde ese momento hasta cuatro años después, busqué incansable al malvado, incluida desde luego la denuncia a las autoridades policíacas; nunca los encontré. Mis padres me acompañaron en la pena, se solidarizaron; por fortuna, vivieron todavía hasta meses antes de los sucesos que intento relatar.
La necesidad de sobrevivir a la aflicción, a la misma y terrible vida, me hizo sobreponer, luego dedicar mi esfuerzo a terminar mis estudios de enfermería. Así como tuve la desgracia de perder a mi niña, he tenido la suerte de siempre tener el auxilio de alguien en mi vida; ahora me refiero a un vecino, de edad avanzada y buenas conexiones en la seguridad social, él posibilitó mi ingreso a la institución inmediatamente después de obtener el título. Desde entonces trabajo allí. Mi salario no es elevado, sin embargo es suficiente para mis necesidades. Visto así, el aspecto material de mi vida está humildemente resuelto. En lo que se refiere a lo emocional, luego de superar hasta donde es posible superar una pérdida como la mía, puedo decir, no tengo mayores problemas. Si acaso la frustración de carácter sexual, algo insuperable hasta donde empieza mi situación actual. Durante el lapso de varios años he rehuido el acercamiento afectivo sexual. No soy fea, por el contrario, muchas y muchos dicen que soy no solo bonita, sino bella, lo creo parcialmente; no soy vanidosa. Aún para la amistad tengo reticencias; de cualquier forma tengo amigos y amigas, aunque sí, puedo decir, la amistad la mantengo alejada de la intimidad, es decir, nunca he podido abrir mi espíritu a las personas por más cercanas que estén a mí. Lo sexual, luego de largo período de abstinencia total, accidentalmente sorprendí a una de mis compañeras en franco “diálogo” íntimo con otra compañera, mi libido revivió; esa misma tarde me masturbé; tal vez dos o tres ocasiones anteriores en mi vida lo había hecho, y dos de ellas en las fechas cercanas al casorio, tal vez eso influyó la decisión de “legalizar” mi actividad sexual. Mis masturbadas se incrementaron cuando, por accidente, entré a Internet por necesidades de mi trabajo y, navegando cual buena novata, caí en página erótica. Me sorprendí, y me asombró encontrar las magníficas fotografías de bellas y exquisitas modelos, de aficionadas no menos bellas, y, caramba, la pornografía dura, bueno, así le dicen los moralistas; de esta la que más me impresionó, quizás por el antecedente de la visión tenida del diálogo entre mis compañeras, fueron precisamente las galerías de lesbianas. Me calenté demasiado; claro, me di la masturbada de mi vida casi subida en la computadora. Inmediatamente después de la masturbada angelical me invadieron los sentimientos de culpa, y más el desconcierto por haberme excitado con la visión de las bellas cogiendo entre ellas. Soy honesta al mencionarlo, hasta esa tarde, las mujeres para mí eran solo mujeres casi asexuadas; nunca había tenido siquiera la idea de belleza expresa para ellas. Y bueno, poco después me tranquilicé con el argumento bastante real: mi excitación era debida a la razón de, por primera vez, ver algo así; el segundo argumento, ver lesbianismo en su esplendor y magnificencia lleva a la excitación, algo no solo insólito sino condenado en las normas aprendidas. Creo fue algo sólido y al margen de cualquier principio moral esta forma de analizar y valorar lo acaecido, es decir, excitarme y luego masturbarme por ver pornografía; y digo fue sólido, porque a partir de esa decisión nunca tuve inquietud por esto, ni tampoco varió mi posición frente a lo femenino en cuanto a la sexualidad se refiere, ni nunca pensé emprender la búsqueda del amor del bello lesbianismo.
La segunda noche después del ingreso de la pequeña al servicio, la situación clínica era más o menos la misma, es decir, el postoperatorio transcurría conforme lo previsto, sin complicaciones. Durante el día la joven caminó por indicación médica. Así, cuando mi turno inició, la muchachita estaba un tanto fatigada, pálida, y no podía conciliar el sueño. Le ofrecí un inductor del sueño, ella lo rechazó, Mejor platícame, ¿no?, dijo sonriendo. Mi servicio estaba casi vacío y podía disponer de tiempo para conversar con la pequeña. La recosté; yo me senté en el filo de la cama, tomé su mano para darle más seguridad, y dije: ¿De qué quisieras platicar?, Bueno, no sé... ¿sabes qué?, me caes rete bien; de todas las enfermeras, tú me caíste muy bien desde ayer, a lo mejor porque fue a la primera que vi al despertar de la anestesia. ¿Cómo te llamas?, Esther, ¿y tú?, Yo me llamo Sandra, gracias por tu simpatía, tú también me caes muy bien, y estás bien bonita, ¿de dónde eres?, Gracias por lo de bonita, pero no me lo creo, no soy bonita; y, la verdad no sé, bien a bien, de dónde soy. ¿Cómo?, ¿no sabes?, ¿por qué no sabes?, Pues mira, mi mamá decía, tú eres de aquí, de
Me sorprendió la información de la joven linda niña, sentí mucho más la obligación de atenderla. No quise profundizar en la vida de la chica, e intenté cambiar de tema; ¿Cómo vas en la escuela?, Bien, muy bien, acabó de terminar la primaria, con el primer lugar de la escuela, no nomás del grupo, ¡fíjate!, luego, cuando salga de aquí, voy a inscribirme en la secundaria. Oye, te felicito; si sigues así de aplicada hasta te doy un premio, ¿A poco?, no sabes ni dónde vivo, bueno, yo te lo diría, ¿no?, [risas], así continuamos por varios minutos; sorpresivamente, dijo: Oye, las enfermeras saben muchas cosas, ¿no?, Pues sí, sí sabemos cosas, ¿por qué? Pues… por nada..., bueno, sí, quiero preguntarte unas... cositas, ¿sale?, Claro, pregunta, si no sé, pues buscamos quién nos saque de dudas, ¿qué quieres preguntar?, Pos... muchas cosas, por ejemplo, eso de la regla; una compañera, más grande, dice que ya le vino, pero no supo decirme qué, o cómo le vino, nada más me dijo, me salió mucha sangre... ya sabes, por acá, señaló la entrepierna, pos me da miedo eso, me reí, y, de manera espontánea, acaricié su mejilla, y dije: No es para tenerle miedo, eso lo tenemos las mujeres cuando crecemos, cuando cambia el cuerpo; es la naturaleza, con eso dice que estamos listas para tener hijos. ¡Ah!, ¿sí?, eso no dijo Eva, mi compañera, nomás lo otro, que el cuerpo nos cambia, y sí, por ejemplo los senos, ella dijo, y me los enseñó, le habían crecido harto, y yo... pos ya me empezaron a crecer, ya los tengo grandecitos, ¿no?; también dijo, luego salen pelitos allá, bueno, acá, donde ya dijimos, ¿no?, ya tengo, todavía están chiquitos, ¿me van a crecer más?, yo estaba divertida, y ella roja, quizás, pensé es la pena de hablar de las cosas que generalmente no se habla, Sí, claro, te van a crecer, es más, ya los debes tener grandes, ¿no?, ¿ya te vino la regla?, Pos no, no bien a bien, eso dijo Juventina, dijo que era nada más un ensayo, y... la verdad no entendí, Bueno, quiso decir, la regla apenas está queriendo venirte, por eso fue nada más ensayo, Son bonitos mis senos, ¿verdad?, Pues sí, son bonitos, No eches mentiras, ni los has visto, No hace falta verlos..., se ven debajo de la bata, ¿no?, No, no se ven... bueno, cuando están tapados, oye, me siento caliente, a lo mejor me entró calentura, me alarmé, era posible un alza de la temperatura, entonces toqué su rostro; en efecto, estaba caliente, la piel sonrojada, casi sudorosa, palpé el cuello, igual, Tienes fiebre, me parece; voy a tomarte la temperatura, y salí para recoger el termómetro,
Me acerqué para colocar el instrumento en la axila y quedé muy cerca del rostro de la niña, ella hizo una aspiración profunda, dijo: Qué bonito hueles, la frase me desconcertó, más desconcierto al colocar el aparato en la axila, sentí los vellitos ya crecidos, empapados de sudor, suspiré, y dije: ¿tú crees que huelo bonito?, Pos sí, bien bonito, pero no es perfume, ¿qué es?, me desconcertó de nuevo, no supe contestar, yo misma no sabía a qué perfume se refería; en efecto, no era perfume, nunca uso esencias, retiré un mechón de pelo de mi cara; en ese momento percibí olor de los dedos que habían colocado el termómetro, entonces, un tanto sonrojada, entendí, ella se refería al perfume de mujer, a ese olor peculiar que las mujeres tenemos, me reí, y dije: Me sacaste de onda, mira, eso, lo oliste, es mi olor personal, vamos, el olor que las mujeres tenemos, es un olor especial, tú también lo vas a tener, es más, ya lo tienes, aunque no tan fuerte, será más fuerte cuando estés más grande; ¿de veras te gustó mi olor?, porque pensamos, en general, que ese olor no es bonito, Pues sí, sí me gustó, es más, quiero olerte otra vez, mucho rato, ¿sí?, ¿Cómo crees?, te digo, ese olor no es, no puede ser, bonito, ¿Y si a mí me gusta?, órale, déjame olerte, ¿sale?, No, no estaría bien, ¿Por qué?, no te entiendo, Bueno, es... vamos, no es correcto que las mujeres se anden oliendo, ¿no crees?, ¿Correcto?, ahora entiendo menos, Bueno, mira, ¿qué te parecería si alguien en la calle te dijera permíteme oler tu cuerpo?, Ah, bueno, pero ese alguien sería un desconocido, tú me conoces, yo te conozco, ¿no?, entonces..., ándale, no seas malita, quiero saber bien a bien a qué hueles, a lo mejor es otra cosa, no el chido perfume del cuerpo, Caramba contigo, déjame ver el termómetro, tratando de eludir algo que me parecía inevitable, al levantar ella el brazo para tomar el instrumento, el olor de su axila llegó potente a mi nariz, me estremecí, el estremecimiento vino a aumentar mi enorme desconcierto, además me sentí más sonrojada que la niña, lo único tranquilizante fue: la temperatura estaba normal, aunque al tacto estaba elevada, entonces pensé en la posible excitación sexual de la niña, asombrada, aumento geométrico del desconcierto, No, no tienes calentura, Pos yo sí me siento caliente; oye, déjame olerte, ¿sí?, dirás que soy caprichuda, pero... no sé, me dieron muchas ganas de saborear ese olor tan padre, y no, no me digas no se puede, no quieres, eso, no quieres, me estaba presionado, hasta pucheritos hizo en el afán de olerme, sonreí, no tenía por qué continuar eludiendo algo que en realidad no tenía nada de malo, además estábamos solas, sin que nadie, de rutina, fuera a llegar, Bueno, niña insistente, bueno, me voy a acercar para que huelas, aunque para mí es asqueroso, y acerqué mi rostro y torso, ella colocó su carita cerca de mi axila y aspiró gustosa, sonriendo ampliamente, Rico, rico, rico, empezó a decir, y más aspiraba, las respiraciones forzadas llegaban a mi sensorio entero, las sentía intensas, agradables, debí admitir; la carita empezó a descender por mi pecho, me alarmé, pero ya estaba inmersa en los deseos de la joven casi niña, hasta me regodeé sintiendo y escuchándola respirar, cerré los ojos sin darme cuenta para concentrarme más en lo que ella estaba haciendo, tal vez se saturó, no de olor, sino de oxígeno, porque dijo. Me estoy mareando..., Ya ves, eso te pasa por estar respirando tan fuerte, No le hace, ora te digo, ¡sí hueles bien bonito!, y... ¿sabes qué?, hueles más bonito... más abajo, pero no llegué hasta allí.
Se abrió un silencio; lo rompió para decir, Quiero que me huelas para ver si es cierto, digo, si yo también tengo el perfume tan bonito, ¿sale?, suspiré, ahora hasta alarmada, me preocupó no saber a dónde deseaba llegar la sorprendente chiquilla, aún pensando en cómo pudo oler “más abajo”, dijo. Turbada, me resistí; ella insistió no solo de palabra, sino atrayendo mi cara para colocarla en la axila descubierta porque ella había levantado el brazo. Y olí, Dios mío, olí con fruición, aspirando a profundidad el delicioso olor, me estremecí al tocar con la nariz vellos tersos, húmedos, expeliendo el delicioso olor. ¿Huelo bonito?, ¿mi olor es igual al tuyo? preguntó con voz entrecortada, me dio la impresión de estar tan turbada como yo, mi inquietud y asombro aumentaban, en particular porque, debí admitir para mí misma, el olor de la chiquilla era realmente perturbador, ella dijo, agradable; ¡nunca había pensado en los olores corporales, y menos que fueran agradables! Hundida en estas consideraciones la veía sin verla, ella sonreía manteniendo el brazo elevado, aunque me había retirado, entonces dije: Pues... sí, sí hueles... digo, tu axila tiene olor; los humanos tenemos ese olor en las axilas, y más cuando sudamos, dije intentando eludir el calificativo solicitado, ella insistió: No me dijiste si huelo bonito, con un dejo de reproche, y cierta tristeza, entonces, sin quererlo, sonreí y dije, Pues sí, sí me gustó tu olor, pero... sigo pensando, no a todos les gustan estos olores, incluso es probable que a mí... el olor de las axilas de otras personas me sea por completo desagradable. Oye, dijo, ¿tú crees que olemos igual aquí, en la axila que en otras partes del cuerpo?, bueno, la niña no paraba, Pues no sé, es posible; quizá en otras partes el olor sea diferente, pero vamos a dejar los olores, ¿sale?, No, no, yo quiero saber a qué huelo en otras partes, ¿me hueles en otras partes?, ándale, sí, por favor, ándale, yo estaba roja, sentía palpable el intenso color en mi rostro, además... caramba, detecté humedad en la pucha, hasta pasé la mano por el rostro, particularmente en la frente, y, eludiendo, dije: La verdad debes oler a los antisépticos, te los aplicaron para la operación, así no se puede saber si es tu olor o no; vamos dejando esto..., No, no... y sí, puede que tengas razón... tú no tienes embarrado eso de antisépticos, además, seguro te bañaste antes de venir a trabajar; por eso, yo creo, tú sí debes tener lo olores de a de veras en tu cuerpo..., ¿me dejas olerte en otras partes?, Caramba, contigo no se puede, nada de olerme..., Ándale, ándale, déjame, total, nada te cuesta; la indecisión, el asombro arrastrado desde el inicio de este inesperado, sorpresivo, abierto diálogo con vías de hecho, acciones increíbles para mí antes de iniciadas, me impedía decidir; tomó mi mano, su mirada era suplicante, casi dolorosa, y me enterneció lo suficiente para darle... ¡lo que ella deseara! Tal vez esta decisión estaba en marcha desde que fue evidente una cierta excitación sexual todavía no admitida a nivel consciente, pero bien manifiesta en el casi escurrimiento de mis jugos más viscosos e íntimos. Bueno, pero, ¿dónde deseas olerme?, Pues... tu cuerpo, ¿me vas a dejar?, Ándale pues, pero rápido, alguien puede venir..., me acerqué al bordo de la cama; se enderezó, y empezó a oler mi pecho, olía y olía a milímetros de mi ropa, negaba con la cabeza, y de plano puso la nariz sobre uno de mis senos, el contacto aceleró mi pulso, agitó mi respiración y, por primera vez en la vida, mi vagina dio de saltos, eso me alarmó y avergonzó, pero ella ya movía la nariz por el lindo territorio de mis chichis chocando cada vez con más frecuencia con mis pezones endurecidos y más sensibles a los contactos;
Así fue bajando la nariz por el frente de mi cuerpo, aspirando, haciendo respiraciones forzadas, sin despegarse de mi ropa y, por medio de esta, de mi cuerpo encendido; mis manos colgaban a los lados del cuerpo, luego se fueron a acariciar el largo y sedoso pelo de la escuincla que me puso en este trance, el trance, por demás, estaba resultando verdaderamente agradable, de no ser por los tremendos sentimientos de culpa, y la enorme vergüenza por estar rompiendo con las seudo reglas de la moralidad... situada en los genitales y en el uso que a estos demos los humanos; en ese momento no podía analizar eso, era solo presa de fuertes contracciones espasmódicas de mis espíritu por partida triple: ella era una niña, era mujer con las implicaciones homofóbicas repercutiendo en mis sentimientos, y yo enfermera; de alguna manera estaba violando el código profesional al permitir esos contactos físicos en verdad condenables en la profesión... y no sabía, había una cuarta razón para estar aún más avergonzada. En estas dispersas, titubeantes reflexiones estaba, hasta sentir manos posándose en mis muslos por debajo de la falda del uniforme, me sorprendí, y mis manos fueron a detener a las otras, ella volteó a verme, estaba roja, muy roja, hasta sudorosa, dijo: ¡Quiero olerte abajo de la ropa!, ¿sí?, desconcertada, sin pensar, solo sintiendo placer, en ese momento no pude negarlo, solté las manos, y las manos levantaron la falda para permitir a la nariz llegar de plano a la propia pantaleta luego de pasearse por la tersa piel de mis muslos, estos se movían, expresaban los vaivenes, los movimientos lúbricos de mis nalgas, y me estremecí deliciosamente cuando la nariz se posó casi en el centro de la pantaleta, esto es, en el centro de mi pucha estilando, gemí, contraje el cuerpo y la nariz intentaba enterrarse en la humedad... la audaz niña la estaba descubriendo; después de pasear la nariz repetidamente por el espacio de la pantaleta alcanzable, mucho me excitaba, levantó el rostro enrojecido, me vio, sonrió dulcemente, dijo: ¡Aquí es donde hueles más bonito!, atónita la escuché, y atónita entendí, mi linda pucha lanzaba al aire, a la preciosa nariz de la linda pequeña degustadora de los olores, esos olores, yo apenas si tenía conciencia de su existencia, aunque nunca los había entendido olores francos, abiertos; la jadeante vocecita repitió: ¡Hueles riquísimo!, estaba saturada de olores, me dio la impresión porque reclinó la cabeza en la almohada, sonriente, se puede decir era sonrisa de felicidad; seguí de pie, ensimismada, gozando bellas sensaciones, sintiendo el escurrimiento de mis jugos y las contracciones casi violentas de mi puchita. Creí que el juego terminaba; estaba equivocada; la niña de mi gozoso asombro, viéndome directa a los ojos, con la sonrisa ampliada y seductora, dijo:
Quiero ver tus pelitos..., me encantó tu olor... ojalá yo huela como tú..., ¿quieres olerme? caramba, estaba perpleja, mis ideas continuaban un tanto ausentes, y mis deseos de continuar la función – por supuesto, eran deseos no tenidos claramente en la conciencia, sólo en lo corporal, y el cuerpo reclamaba más y más placer – parecían cumplirse; Dios mío, los dos deseos expresados me parecieron el colmo; sin embargo, mi decisión hecha de satisfacer la demanda de la pequeña, [¿pretexto?] tal vez un tremendo pretexto para encubrir mi propia lubricidad, estaba operando la perturbada toma de decisiones; sorprendida, me escuché decir: Caramba contigo..., qué prefieres primero..., ¡Huéleme!, aunque digas y tenga yo los olores de la operación... quiero que me huelas así como yo te olí... digo, el cuerpo entero, ¿sale?, Atinó, yo deseba experimentar lo que ella había iniciado, y entonces, jalé una silla para poder estar más cómoda en el periplo planeado: realizar con mi nariz pegada a la piel de la chiquilla un repaso al cuerpo adolescente; estaba olvidada del tiempo y el espacio, hasta de estar trabajando, incluso de los riesgos presentes de ser sorprendida en el delicioso diálogo emprendido a instancias de la niña extraordinaria; acerqué mi nariz para oler primero el sonrojado rostro, y la puse en la frente, la olí y, por debajo de los olores medicamentosos, estaba el olor peculiar de los cuerpos en general, nada de particular, lo femenino sí estaba presente; cerré los ojos, y dejé a la nariz decidir por sí misma a dónde ir... y, de buenas a primeras sentí tropezar con húmedo, los labios entreabiertos, humedecidos por la lengua de la hermosa niña, mis estremecimientos aumentaron, apreté los ojos, la nariz fue de una comisura labial a la otra, y los labios se entreabrieron para dejar salir la puntita de la lengua y yo sentí un placer insospechado con el frote tenue, apenas el contacto de las dos superficies; luego mi nariz se estacionó porque la lengua adquirió movilidad para lamer la punta de la nariz que estaba decidiendo penetrar al recinto de donde provenía tanto la lengua como la saliva mojando, eso, mojaba mi nariz; empujé; la niña abrió la boca y mi nariz se metió a esa cueva llena de líquidos; sentir la lengua lamiendo mi nariz y los labios chupándola, fue algo sensacional, me estremecía de placer, ella jadeaba más, quizás tan caliente como yo, y deseé meter mi propia lengua en esa boquita para a mi vez lamer la lengua que tan rico estaba lamiendo mi nariz; no me atreví, aunque el deseo, y la necesidad de experimentar el beso me hacía gemir de excitación - mi mente tenía relámpagos, recuerdos de enormes estímulos visuales tenidos por ver la pornografía, en particular las fotos de mujeres besándose, lamiéndose el cuerpo - al mismo tiempo la locura de continuar oliendo el cuerpecito que no solo se me ofrecía sino exigía ser olido, por eso saqué mi nariz de la delicia llena de saliva para continuar el periplo originalmente planeado, bajé al cuello, y olí y olí, a cada nueva olida mi fiebre erótica crecía y crecía, al llegar a la batita de enfermo la repudié pues el contacto directo con la piel se veía interrumpido, pero ella, tal vez tan deseosa como yo de sentir el contacto directo en su piel de mi apéndice nasal, sin interrumpir mi oler, sacó primera una manga, luego la otra e hizo descender la batita, y yo me fui a la gloria, si antes estaba fuera del tiempo y el espacio, con ese movimiento de las manitas para dejar expedito el paso para mi nariz me fui al fin de las bellas galaxias al ver los hermosos senos en desarrollo, ya grandes con piquitos sonrosados y sus areolas adornándolos, ¡una maravilla de visión!, además un acicate para mi ya catastrófica lubricidad; y mi nariz se arrastró por la piel de tórax para ir lenta, descendiendo hasta encontrar el surco de separación de dos hermosos senitos, los senitos solo en apariencia pequeños, bueno, ya eran de dimensiones y estética escultural, con pezoncitos sonrosados, rodeados, adornados por areolas igualmente sonrosadas; mi nariz se pegó a los senos; ella suspiraba, yo jadeaba, emitía sonidos nunca antes emitidos, vamos, ni siquiera los había imaginado, al pegar mi nariz en los pezones pequeños y duros en extremo, mis febriles gemidos fueron verdaderas expresiones de la enorme fiebre erótica que estaba viviendo y disfrutando, y fui a las conocidas y olidas axilas, y el fuerte olor exacerbó mi placer y mi gran erotismo, para luego, sin orden precisa, mi lengua lamió los pelitos recién nacidos, suaves, tersos, realmente deliciosos, y ella gimió, al mismo tiempo percibí movimientos en la parte baja del cuerpo y, me di cuenta, eran sus nalguitas; se movían ante el imperioso estímulo de las sensaciones que mi lengua producía en la axila, y esa lengua liberada no se detuvo allí, lamió las cercanías para luego arrastrarse parsimoniosa y con enormes deseos de pronto llegar a las primorosas chichitas, esos senitos tan bellos en su adolescente despertar, y lamí sin tener en cuenta que el trato era de solo oler, nada hablamos de lamer, sin embargo ella acariciaba suavemente mi pelo sin intentar influir en la lenta marcha de mi lengua; y cuando por fin la superficie esplendorosa de los senos empezó a ser lamida, ella jadeo más intensamente y los movimientos de sus nalguitas se incrementaron, bañé el primer seno con mi saliva y llegué al impaciente pezón y ella emitió grititos de placer, posteriormente debí reconocer la expresión maravillosa del primer orgasmo de la pequeña seductora, lamí el pezón con ahínco, con dulzura, lentamente, teniendo la intención de darle placer y a la vez auto proporcionármelo, los dulces gemidos propios se mezclaron con los de ella, lo mismo mis grititos acallados, ellos sí expresaban mi primer orgasmo no producido por mis dedos, y caramba, mamé esos senitos por no sé cuánto tiempo y ella gemía, yo lo mismo,
Más cuando sentí que las manitas intentaban llegar a mis chichis prisioneras, entendí: deseaba tener el placer que yo tenía al besar, lamer y acariciar sus preciosas chichitas, sus pezoncitos que desde ese momento idolatré, y con mis manos fui desabotonando el horroroso uniforme, sin despegar ni un segundo siquiera mi boca y mi lengua de tan exquisitas chichitas de la bella nenita desinhibida, y con agilidad insospechada mi bata quedó abierta para el arribo triunfante de las manitas, caray, la delicia de sentir la caricia tenue, leve, con las yemas de los dedos apenas tocando mi piel, no solo me erizó la piel sino provocó el segundo orgasmo de la noche memorable, y cuando apretó levemente mis pezones el placer en marcha se hizo colosal, sensacional, algo nunca antes experimentado, y es cierto puesto que mi experiencia sexual se reducía a unas cuantas cogidas sin caricias de nos ser las estrujadoras de los senos por las manos de mi marido, ella continuó moviendo las nalgas y suspirando a cada segundo, entonces acercó su noquita a mi oído para decirme: Quiero lamer tus chichis, quiero, quiero... y yo no deseaba dejar de tener el placer de los senos en mi boca y tampoco detener mi lengua en su insaciable lamer y lamer las chichitas maravillosas, sin embargo, y casi sin proponérmelo, solté el pezoncito que en ese momento mordía, para mover mi cuerpo hasta colocar mi chichi al alcance de la boquita abierta, ella me miraba febril, lánguida, en verdad excitada, con las dos manos tocando mis senos, manos que se fueron para dejar el campo a la boca, esta de inmediato engulló una de mis chichitas, con el pezón, hierro incandescente, y al sentir la lengua sobre ese pezón supersensible mi orgasmo, apenas disminuido, volvió a las ricas alturas del orgasmo impresionante: me sacudió, cuando, de nuevo sin proponérmelo, mi boca y mi cuerpo se movieron para llegar a las chichitas abandonadas y los pezones cautivadores, fue posible, no sé aún hoy cómo hice el arreglo para que las dos nos pudiéramos mamar las chichis en simultáneo y tan gozosamente, lamió con lentitud, incrementaba el placer del contacto de su lengua y labios sobre mis chichis inflamadas de placer, y mordía mis pezones de una manera extraordinaria, y aumentaba mi placer; la imité y mordí los pezoncitos, ella soltó mi pezón para emitir grititos de gozo casi espeluznante, al mismo tiempo sentí más que ver cómo llevaba sus manos a su puchita, como si la explosión que la envolvía tan deliciosamente la obligara a ir precisamente allí donde las estrellas del placer se encuentran anidadas, ¡Ah, los instintos sexuales!, los tan maravillosos instintos estaban operando en ella fantásticamente, la obligaban a estimularse allí donde el goce debe detonarse, ampliarse y mejorar su continuación esplendorosa, la delectación sexual en su énfasis mayor, entonces sí percibí los olores provenientes de esa puchita aún desconocida, y mis jugos ya andaban por mis tobillos, sin dejar de mamar la dulce chichita volteé, y pude ver la manita de la niña metida en la entrepierna, también pude observar: solo aplastaba su conchita, tal vez porque le era desconocida la necesidad de meter los dedos en la rajita para darse placer, deseé enormemente ayudarla, pero su orgasmo descendía por lo que pudo articular palabras, y estas me sorprendieron agradablemente, sin dejar de asombrarme los alcances eróticos de la nena, y dijo: ¡Quiero ver tus pelitos!, y tú ve los míos, ándale, me muero por verte allí, abajo, donde seguro tienes muchos y bonitos pelitos... iguales a los míos, mira cómo los tengo, y eso me obligó a dejar la chichita para contemplar los pelitos castaños, se extendían ya por el contorno de la puchita, y me extasié viéndolos, y ella insistió: Quiero ver tus pelos, quiero... verlos;
Yo, asombrada ahora por mis propios actos, me enderecé y de plano me quité el uniforme, no pensaba en el enorme y terrible riesgo que estaba corriendo, cómo iba a pensar si mi mente entera, mi alma misma estaba puesta en el placer que estaba teniendo por primera vez en mi vida, luego me quité los calzones con suma lentitud, jadeando a cada centímetro que hacía descender la horrible prenda y mis pelos quedaron al aire, mis feos calzones fueron arrojados por los pies no sé a donde, y ella pelaba los ojos, jadeaba, su manita iba de los senitos a la puchita, aplastaba unos y otra, y gemía viendo extasiada mis pelos, yo los sentía recién salidos del agua, así de mojados estaban, y luego más asombro, dijo: ¡Quiero olerte los pelitos!, caray, no lo podía creer, pero ella hacía avanzar la nariz hasta pegarla a mis pelos; Los tienes bien mojados... ¡qué rico huelen!, ¡hueles mucho más bonito que todo lo olido, y aspiraba grandes bocanadas de mis olores, olía y olía, y su nariz iba del borde de los pelos a la junta de los muslos, junta que yo, con total inconsciencia y esplendoroso placer fui abriendo al sentir los intentos de la naricita por ir más allá de la estrechez de los muslos donde los pelos son abundantes y más los olores femeninos, y, caray, hasta me encorvé al sentirme penetrada por la naricita, y me estremecí al mismo tiempo que ella, y pude observar, metía sus deditos en la rajita propia tal vez al comprender, como su nariz, que sus deditos podían ir más allá de la superficie llena de pelos, y suspiró dentro de mi raja, y yo moví las nalgas para que el frote de la nariz fuera más intenso, incluso con mis manos empujé su cabeza para que el contacto de la nariz en mi pucha fuera más intenso, y al mismo tiempo movía su cabeza para que la nariz recorriera la mayor parte de la extensión de mi raja anegada, y ella metía dedos en su propia conchita, gemía de placer; mi mente demandó corresponder a la caricia recibida, también experimentar el placer de introducir mi nariz en la charca que seguramente era la puchita de la niña lujuriosa, pero no sabía cómo proceder,
Estaba en eso, cuando retiró la nariz, me sobresaltó porque estaba en la dicha increíble de percibir esa linda naricita moverse en el interior de mi puchita olorosa y anegada, y dijo: ¡Quiero que tú también me huelas, aquí en mi pelitos!, ¿sabes? no quiero dejar de olerte..., ¡Caramba!, la niña estaba resultando una real sibarita del placer, entonces recibí otro relámpago de erotizado ingenio: debía recostarla para luego colocarme encima de su cuerpo para poder llegar hasta esos pelitos que ya ansiaba sentir con mi cuerpo entero, empezando por mis manos, siguiéndola mis dedos, para luego fuera mi nariz la que penetrara la charca de la puchita, y procedía jadeante, gozosa, casi desesperada por llegar a mi objetivo, y brinqué una de mis piernas por sobre el cuerpecito, y ella dijo: ¡qué hermoso hueles!, y, por fin llegué con las manos a los pelitos, mi orgasmo apenas atenuado se disparó para hacerse conmovedor realmente conmocionante, luego metí la puntita de los índices de las dos manos, ella pegó un reparo para que los ágiles dedos se metieran más adentro, yo estaba de rodillas con la pucha a centímetros de la nariz y la boca de la niña, y ella repetía sin descanso: Qué rico hueles, qué rico hueles..., vino la necesidad de oler, bajé el rostro y coloqué la nariz donde antes estaban mis dedos, siempre de rodillas, metí la punta de la nariz, y sentí los movimientos de las nalguitas al sentirse penetrada por mi apéndice nasal, y pude constatar, la puchita tenía deliciosísimo olor, el olor llegaba hasta mi propio clítoris disparando mucho mi orgasmo interminable, y en ese momento sentí las manitas de la niña en mis nalgas y casi convulsiono del goce que me produjo ese tenue y a la vez firme contacto, firme porque empujaba mis nalgas hacia abajo, y comprendí, la niña deseaba desesperadamente sentir mi pucha como la estaba sintiendo al demandarme olerla, dejé bajar las nalgas, caramba, la nariz me penetró, yo hice penetrar mi nariz, y ambas narices se movieron a lo largo de las rajas, las nalgas de ambas iban y venía incesantemente por la laguna que eran las dos puchitas, y, me sucedió cuando empecé a oler las chichitas, mi lengua quiso catar el sabor de los jugos viscosos que la nariz sentía y gozaba, y metí la lengua..., ¡fue la maravilla, la culminación de una espontánea exploración; se inició sin clara conciencia de lo que hacíamos una y otra, y lamí y lamí, sintiendo el incremento del duradero y cada vez más placentero orgasmo, mucho más cuando mi niña me imitó introduciendo su lengua en mi raja para lamer como yo lamía los jugos, las viscosidades, los pliegues recónditos de mi pucha, yo hacía lo mismo, y a cada lengüetazo mi orgasmo se elevaba a la estratosfera del erotismo y el goce sexual, lamimos y lamimos, y mandó a sus manos a tomar la plaza de mis senos, y los acarició al mismo compás que su lengua lamía el interior de mi pucha, hice lo mismo, llevé las manos hacia atrás y sentí sus pezoncitos enervadores, explosivamente placenteros, chupé el clítoris, yo sabía que era el clítoris además conocía, era allí donde el placer era más intenso, más profundo, más como debe ser el placer de las mujeres, me imitó colocando su loca y sabia lengüita precisamente en el duro botoncito del placer inconmensurable. Lamimos, mamamos más, más incansables; el mundo no existía para mí, creo que para ella tampoco. Gracias a que las fuerzas se nos terminaron, a mí primero, y debí continuar mamándola hasta que también ella pidió la paz. Jadeantes, exhaustas, quedamos con los rostros recargados en las puchas de una y otra por un tiempo que me pareció corto..., porque un nuevo relámpago encendió los focos rojos del peligro, y, presurosa, bajé del cielo en el que estuve por no sé cuánto tiempo, y con premura increíble me vestí, y, sin casi pensarlo, hice lo mismo con la niña, estaba medio muerta del dulce cansancio que produce el placer tan prolongado e intenso, lo tuvimos... ¡precisamente a tiempo!, estaba por sentarme - no podía mantenerme en pie - a contemplar la niña, cuando entró una compañera para decirme que si quería me relevaba para mi descanso. Con voz ronca, los labios secos, la garganta hormigueando, contesté: No hace falta; dormí un buen rato... gracias, vete a descansar; ella me vio un tanto extrañada, pero nada dijo, y se retiró. Mi niña... dormía profundamente.
Conforme pasaba el tiempo, los intensos sentimientos de culpa fueron atenuándose, aunque no desaparecieron por completo, por lo que había hecho. Caramba, era una niña, una paciente, y yo era una enfermera que debería haber suspendido el loco inicio de la increíble muchachita, y nada hice, al contrario, me sumé y tomé iniciativas reprobables de acuerdo a los criterios hasta ese momento profundamente arraigados en mi conciencia. Sin embargo, por la mañana, antes de entregar mi turno, pude conversar con la chiquilla; estaba feliz, demandante de besos, caricias, ¡y olidas!, dijo riendo alegremente, pero era imposible volver a lo mismo; solo me atreví, luego de asegurarme de nuestra soledad, a besarla en la boca con su lengua tomando la iniciativa para penetrar mi boca por un corto tiempo, dije: Ya, pequeña... no podemos continuar; no tarda en ser esto una mercado por tanta gente; mejor en la noche, si es posible, repetimos..., digo, si tú lo deseas; Claro, y no sé cómo voy a poder esperar la llegada de la noche...
La niña duró otra noche en el servicio, noche que transcurrimos en forma similar a la relatada, agregando la penetración de los dedos de la niña en mi culito cuando estábamos trenzadas en el dulce, espléndido, inigualable e insustituible 69 que tanto placer nos dio; es la mejor posición para que las mujeres puedan prodigarse en las mutuas y maravillosas caricias sexuales, lo supe después. Ya no sería posible verla de nuevo, en la despedida quedé muy formalmente de ir a verla a su casa esa misma noche, era mi descanso semanal; ella me explicó: la señora con la que vivía era anciana, y pronto se acostaba a dormir.
Llegué a su casa; humilde vivienda, suficiente para que las dos vivieran con el espacio indispensable y los servicios necesarios. La señora dormía; desde el encuentro se iniciaron los besos y las caricias en el rostro, los senos y las nalgas de una y otra, al mismo tiempo, a iniciativa de ella, nos íbamos despojando mutuamente de la ropa, me arrastraba al interior. Desnudas, me hizo sentarme en una silla, y se arrodilló, luego separó mis muslos para meter su cabeza entre ellos, y aspiraba mis olores ya intensos puesto que desde emprender el camino a su casa era antorcha erotizada al máximo. Al parecer sus ojos no podían ver a plenitud mis pelos y mi pucha entera, porque se levantó para ir a encender las luces. Cuando la luz se hizo, pude ver el entorno. De lo visto, llamaron mi atención varias fotografías; estaban en una repisita cercana... casi me muero de la sorpresa y la congoja: ¡en una de esas fotografías vi la cara del que fue mi marido!, y, con estertores de asombro y vergüenza vi, al lado de él estaba nada menos la chiquilla que me había iniciado en el placer sexual..., no había que pensar mucho, la niña... ¡era mi hija a no dudar!, casi me desmayo de la congoja, congoja mezclada con el asombro de, por fin, ¡encontrar a mi hija tan amada y perdida!, estaba en eso, cuando ella volvió, me besó en los labios abiertos como mi boca entera, y yo, presa de no sé cuántos sentimientos, hice un primer impulso para rechazarla; afortunadamente me contuve, y respondí al cálido beso para no herirla. Enseguida la separé con la mayor suavidad y ternura posible para, con voz apenas audible y entrecortada, poder preguntar: ¿Es ese tu papá?, ella volteó a ver la foto, asintió con la cabeza, sonriendo esplendorosamente, para luego sentarse en el piso, tomar mis rodillas con la intención de regresar su cabeza a mi entrepierna y poder acceder a mi pucha ahora no solo contraída sino inusitadamente seca. Detuve su cabeza, intenté sonreír, y lo hice pensando en la felicidad que me daba tener allí, tan cerca, a mi hija desaparecida desde hacía tanto tiempo, al mismo tiempo terrorífica conciencia de que ella se disponía a mamar mi pucha, ¡Santo cielo, mi pucha!, y... caramba, no tenía ningún derecho a herirla, tampoco quería perderla; de cualquier forma, debía serenarme y... saber a ciencia cierta si mi presunción era la correcta, esto es, si ella era en realidad, mi hija. Viendo la foto con ojos pelones, pensé, era una foto más o menos reciente pues el rostro y el cuerpo de la niña era casi el mismo ahora al que tenía en la foto, delante de mí, desnuda, alegre, sonriente. Como pude, con extrema cautela, le impedí hundir la cabeza entre mis muslos, dije: Espera un poco mi amor... mi niña... necesito que me digas... si ese señor que está contigo, bueno, si esa de la foto eres tú, digo, si el señor es... tu papá. Ella por primera vez, ante mi insistencia, quizás un tanto frustrada en sus ansias de ir a gozar y dar placer a mi pucha, vio de nuevo la foto; luego, para mi sorpresa, se levantó para ir a tomar la asombrosa fotografía; volvió y, ¡caramba!, se sentó en mis muslos desnudos, tocó uno de mis pezones, me mostró la foto, y dijo: Soy yo... y, claro, mi papá. Es casi la única foto de él; la tomaron unos días antes de que él muriera... en accidente en la carretera. Mi conciencia amenazó con irse para siempre al tener claro: había cogido con ¡mi hija!, no había duda, ¡era mi hija!, y, asombrada, apreté a la niña contra mí, y la besé con un beso que no tenía intención erótica, ella buscó mis labios, los eludí, dije: Espera, espera... ¡caramba!... es necesario decirte... algo... quizás no te guste, no sé, no sé... y mis lágrimas empezaron a correr incontenibles por mis mejillas; la niña se alarmó, ¿Qué tienes, qué tienes?, decía, al mismo tiempo acariciaba mi rostro y mi pelo, y me veía con amor, con intenso amor, no podía dejar de verlo en sus tan hermosos ojos, gimiendo, no de placer, sino de vergüenza, y tantos sentimientos, emociones cruzadas, encontrados muchos de ellos, pude continuar: Te ruego, te suplico... me permitas decirte… es indispensable decirlo ahora. Me veía consternada, las dos nos habíamos olvidado del erotismo, seguí: Ese señor... el de la foto, tu padre, dices, ¡era mi marido..., sí, sí... tú eres mi hija!, pegó un gran brinco, dejó mis muslos espléndidamente desnuda, sus ojos expresaron miles de sentimientos; por fin, pudo decir: No, no, no es cierto... ¿ya no me quieres?, Por Dios, hija, ¿cómo puedo no quererte si hace años te busco sin encontrarte?, no sé si por desgracia, ahora, claro, o por fortuna... te encuentro luego de... amarte como aprendí en dos días a amarte..., Dios, dije, había recordado, en mi cartera, de manera inexplicable, tenía siempre una foro donde estaba él abrazando a la bebita recién nacida y al lado el odiado y malvado sujeto. Me levanté, las dos nos olvidamos de nuestra desnudez, fui a mi bolsa a buscar presurosa y angustiada la increíble, la ansiada fotografía. Ahí estaba, donde siempre. La tomé con dedos temblorosos; regresé donde continuaba perpleja, atónita, anonadada, y se la mostré. Esta, eres tú, dije poniendo un dedo cerca del rostro de la bebita en la foto, el rostro del hombre, inconfundible, no había duda, los hombres de las dos fotos eran sin duda el mismo. Ella llevó una manita a la boca al ver que, en efecto, el de mi foto era su padre, el mismo aparecía en la otra foto. No, no, no puedo creerlo, decía una y otra vez... tomó las dos fotos, las comparó por tiempo interminable. No sé cuánto tiempo después, el silencio desde el descubrimiento, fue roto por ella, para decir: Caray... no puedo seguir negándolo, es el mismo en las dos fotos..., empezó a llorar con rostro compungido, haciendo pucheritos, yo, anhelante, no supe hacer nada, seguía de pie, llorando como ella, y ella veía las fotos, luego me veía a mí, para volver a las fotos, y, ante mi asombrada mirada, lanzó las fotos al piso, y vino a abrazarme muy, muy fuerte, cariñosa, acariciando con sus manos mi pelo y luego mi espalda desnuda mientras no dejaba de decir: Mamá, mamá, mamá..., ambas derramábamos lagrimas incontenibles, bañaban parte de las espaldas, desnudas; después de un tiempo incalculable, ella retiró un tanto el rostro para poder verme pero apretándome contra ella con sus manos en mi espalda, dijo: Eres muy hermosa mamacita, muy hermosa... y qué bueno... nos queremos..., Dios mío, ¡qué hermoso premio me das!, me besó en la boca; con los prejuicios cabalgándome, con conciencia de lo que hacía, retiré con suavidad y ternura mi rostro para impedir que el beso erótico se consumara a totalidad, dije: Ay, mi niña, mi hija tan buscada y nunca dejada de querer por mí... ¿sabes?, creo... no podemos continuar con... las cosas que hemos hecho. Sentí feísimo decirlo, hasta mi pucha protestó, pero creí que no era posible seguir la relación de amor sexual sabiendo que mi amor reencontrado era nada menos que mi hija. Me vio estupefacta, con ojos enormes y enormes interrogantes en la mirada, luego de un suspiro, sonrió y dijo: ¿Por qué no?, creo, ahora será más bonito, más lindo, con mucho más cariño..., ¡eres mi mamá y por eso te quiero más y también tu me querrás más, y más hermosos serán las cariñitos que nos hagamos!, No, no hija... ¿no sabes? estas cosas no se deben hacer, no se pueden hacer entre una madre y una hija, ella prorrumpió en carcajadas, alegre, puedo decir feliz, dijo: Ya se pudo, mamacita, ya se pudo... no veo por qué no se podría hacer lo mismo tan rico y tanto gozamos hace apenas unas horas, qué digo, hace apenas unos minutos... antes de ver la foto nos besamos muy rico, muy lindo y con mucho amor... ven, mamacita, ven... déjame besarte con el mucho amor que estoy sintiendo
Me besó con un beso fantástico pleno de amor y... de bello erotismo. Ya no resistí, ella tenía razón; era hasta estúpido negar lo que ya había sido realidad; fuera de unos titubeos moralistas por la homosexualidad practicada, yo había gozado como nunca esperé gozar. Nos besamos allí de pie, con las ricas lenguas diciéndonos el amor está presente en este maravilloso beso. Y nuestras manos iniciaron las caricias suspendidas, para luego dejar el sitio a las bocas y las lenguas, estas se metieron en nuestros agujeros hasta desfallecer de placer, inundado, pleno de amor en muchos sentidos. Gozamos la noche entera. Al amanecer teníamos la decisión de vivir juntas, incluso de esclarecer a la buena señora que, por fin, madre e hija se habían encontrado luego de años de cruenta y forzada separación, hasta pensamos que deberíamos prodigarnos en caricias eróticas estando ella presente, no lo hicimos, no por vergüenza, sino porque la bondadosa mujer apenas si podía ver: estaba perdiendo, sin remedio, la vista.
Hace tres años del reencuentro, y somos fabulosamente felices, nos amamos como madre e hija, también cual mujeres decididas a disfrutar el placer sexual. Mi niña entró a la prepa, está decidida a ser enfermera igual que su madre... y estamos en la idea de seleccionar a un joven que la haga conocer el placer sexual con una rica verga que la desflore y se la coja bien metida en su prodigiosa vaginita, catada por mis dedos, aunque sin causar daño.
Linda.

yo te quito lo lesbiana con una buena cogida
Muy bella historia, el relato me sedujo desde el inicio y no pude apartarme de leerlo hasta el final.